Su nombre era Patricia Jiménez y había nacido en La Habana. Sus padres también eran cubanos
Había llegado al país, según su versión, seis años antes (1982) de haber ganado el certamen de belleza efectuado en el club de Casa de España
Por Iván Ottenwalder
La historia siempre ha estado llena de episodios extraños y controversiales que bien podríamos catalogarlos como sui géneris o inusuales. Ha ocurrido en distintos quehaceres como: la geopolítica, la ciencia, el deporte y, por qué no, hasta en los certámenes de belleza. Y el que relataré a continuación sucedió precisamente en un concurso de beldades. Aconteció un 12 de marzo de 1988 en el club Casa de España y se trató del Señorita República Dominicana 1988.
En marzo del 1988 apenas era un niño de 12 años a punto de cumplir los 13. Mi madre desde hacía un buen tiempo era una ferviente y sólida amiga de la artista Vickiana. La relación entre mi progenitora y la cantante dominicana era bastante íntima al punto de tratarse como si fueran comadres. Los hijos de la vocalista le llamaban tía a mi mamá. Vickiana me decía “mi sobrino” siempre que me veía. Más a mí que a mi hermano mayor. Quizás porque era a mí quien mi madre me llevaba constantemente a las actividades de la artista dominicana. Esa relación afectiva aún se mantiene en este siglo XXI.
Recuerdo perfectamente que días antes del concurso de belleza que coronaría a la representante dominicana para Miss Universo y Miss Mundo a celebrarse meses después, Vickiana nos invitó (a mi madre y a mí) al club Casa de España para ver un ensayo de las candidatas que verían acción en el certamen del sábado 12 de marzo en horas de la noche. Quedé deslumbrado al ver a una de las lindísimas candidatas. “Mi sobrino esa que estás viendo se llama María Josefina Martínez”, me informó Vickiana “y es una de las grandes favoritas”. Luego nos mostró a una que, a su juicio, era la más completa. “Mira Mary esa es Patricia Jiménez y, según el criterio de los expertos, debe ganar el concurso de este sábado”, le dijo a mi madre.
Sin saber mucho sobre concursos de belleza, ya con lo dicho por Vickiana y, viendo que, en efecto, tanto María Josefina Martínez como Patricia Jiménez eran las más atractivas de todas las candidatas, deduje que, una de esas dos beldades, se ceñiría la corona de Miss República Dominicana.
A mí me gustaba más María Josefina, a mi madre en cambio Patricia.
Le pregunté a Vickiana dónde se celebraría el concurso y me contestó “aquí mismo, en este club. Esto lo van a poner bello para el sábado”. Le recordó a mi madre que ella estaba invitada de su parte para el evento. “Te conseguí una entrada Mary …además tú sabes que voy a cantar esa noche”. Mi madre la abrazó y le dio las eternas gracias. “Ay Vicki tú sabes que esto para mí es un sueño. Jamás en mi vida hubiese imaginado venir a ver un concurso de este tipo”.
Yo hubiese querido ir a ver el certamen a Casa de España la noche del sábado 12 pero, no cabía entre los invitados. Vicki les había conseguido boletas a varias amistades y ya no le quedaba ni una más. Ni modo, me disfrutaría el concurso por televisión.
El fin de semana del 11 al 13 de marzo (del viernes al domingo) mi padre y hermano se irían para el campo a ver a mis abuelos paternos; en cambio mi madre y yo nos quedaríamos en casa. En la noche del sábado 12 yo solito viendo el certamen de belleza en un televisor a blanco y negro que había en la sala de estar mientras, mi mamá, en Casa de España mirando su concurso en vivo.
Sobre Patricia Jiménez
Joven habanera. Hija de padres cubanos. Su madre era Mirtha González quien conoció al señor Hugo Jiménez en la ciudad de New York. Ambos tuvieron una relación amorosa en aquella ciudad estadounidense. Allí Mirtha quedó embarazada pero, por razones personales, esta decidió regresar a La Habana a dar a luz a su hija, a la cual puso el nombre de Patricia. Hugo (su padre) quien residía en New York desde antes de la Revolución Cubana se mantuvo viviendo en aquella cosmopolita. En el primer lustro de la década de los 80 Mirtha, y su hija Patricia salen de Cuba hacia la República Dominica buscando mejores horizontes. Se radican en Santo Domingo. Hugo decide hacer un viaje a la capital del país para conocer a su hija, a la cual nunca había visto. El momento fue emotivo. Este hace gestiones para que Patricia pueda estudiar en un centro educativo en el sector de Los Prados.
Patricia se destaca como estudiante brillante en el bachillerato y luego de graduada se anota en la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña en la carrera de arquitectura. Cursaba el tercer trimestre al momento de participar en el concurso de belleza. Tenía 22 años, delgada y de talla de 5 pies y 8 pulgadas.
Hizo muchos amigos en Santo Domingo (todos dominicanos) quienes se convertirían en sus fans en el certamen de Miss República Dominicana 1988. Todos ellos a favor de ella y no de las demás candidatas dominicanas. ¡Así las cosas en esta vida!
Era una estudiosa del inglés, amante del teatro, ballet y aficionada a la lectura, incluyendo la de parasicología. Una señorita muy instruida y consagrada en sus pasiones. Le pasó por la cabeza en un momento dado practicar ballet pero, desistió y luego se entusiasmó por participar en el certamen nacional de belleza de la República Dominicana. Ya había obtenido la ciudadanía dominicana por elección en el año 1984. Su madre también la había obtenido.
Al momento de inscribirse como candidata al concurso declaró ser dominicana amén de su acento cubano que se notaba a leguas. Negó en todo momento haber nacido en Cuba y afirmó que nunca había viajado fuera del país. Mientras más la acosaba la prensa en cuanto al asunto de su país de origen más lo negaba. Decidió no dar su brazo a torcer. Había sido aconsejada por allegados suyos de que, en ningún momento y bajo ninguna circunstancia dijera que había nacido en Cuba.
¡De verdad que tuvo que tener temple y los nervios de acero para soportar esa embestida de la prensa tanto tiempo!
Patricia había sido una niña traviesa en su etapa juvenil y estudiantil en La Habana. No era malvada, todo lo contrario en lo personal fue una chica sana y con buenos deseos para el prójimo. Eran cosas de muchachas de su edad. Pero, paradojas de la vida, ese arte de la travesura lo aplicó en la República Dominicana al jugárselas para concursar en el máximo certamen de belleza. Aunque, por el hecho de haber adquirido la ciudadanía dominicana en 1984, nada le impedía ser candidata al concurso. El problema es que la duda la arropó. Ella, su madre, amigos y demás allegados no estaban del todo claro en cuanto lo referente a la ciudadanía adquirida por los extranjeros en el país. Pensaban que los organizadores del concurso podían rechazarla por no ser dominicana de nacimiento. Quizás utilizarían su origen cubano como un arma legal de impedimento. Tenían miedo de que eso ocurriera. Por eso, sus seres queridos en la República Dominicana le sugirieron que no confesara su nacionalidad primaria. La mandaron a mentir.
Sobre María Josefina Martínez
Dominicana. Había hecho estudios de locución, modelaje, etiqueta y protocolo, relaciones humanas, comunicación, oratoria y secretariado auxiliar. Era estudiante de administración de empresas, inglés e italiano al momento del concurso. Tenía 20 años de edad para el 1988.
Tenía una belleza indiscutible. Su talla 5 pies y 7 pulgadas. Ganadora de varios certámenes de belleza juveniles en años anteriores, incluyendo el Miss Teenager. El último peldaño que le faltaba era el Señorita República Dominicana. Si lo conquistaba, se ganaba el derecho de representar al país en el certamen de Miss Universo a celebrarse en mayo del 88. Tenía todas las herramientas para lograrlo. Tenía la mayoría del público a su favor.
Pero los caminos y caprichos del destino resultan en ocasiones inescrutables. Una desconocida desde hacía poco, pero que ya residía en el país desde hacía poco más de cuatro años y de nombre Patricia Jiménez se convertiría en su obstáculo y rival. Sí, una cubana salida de Cuba y nacionalizada dominicana se le atravesaría en el camino para arruinarle sus sueños de conquistar el Concurso Nacional de Belleza Señorita República Dominicana 1988. Solo bastó que meses antes del concurso Patricia se empecinara en inscribirse y estropearle sus sueños. Esa Patricia, con su travesura traída desde La Habana, y que había aguantado la presión y acoso constante de la prensa nacional la derrotaría ante la decisión del jurado. ¡Cuando solo quedaban las dos últimas finalistas! Cuando solo quedaban ella y Patricia Jiménez. Fue una final de sustos …y también épica.
La noche del concurso
El 12 de marzo de 1988 fue sábado. A las 8 de la noche más de 15 candidatas disputarían en el certamen de belleza Miss República Dominicana 1988. A juicio de los expertos – que al final no se equivocaron – las señoritas Patricia Jiménez y María Josefina Martínez – una de las dos – sería la ganadora del concurso. La triunfadora representaría al país en Miss Universo a celebrarse en Taiwán en mayo mientras que la ubicada en el segundo lugar a Miss Mundo.
El salón más grande de Casa de España estaba espléndido para la ocasión. El concurso estaba previsto iniciar a las 8 de la noche pero se retrasó y empezó después de las 9:00 p.m.
Entre el público asistente estaría mi madre, invitada por su amiga Vickiana quien le consiguió la entrada. El salón estaba copado y no cabía uno más ni de mandado como bien dice la vieja expresión dominicana.
Era una noche de gala, inolvidable. La vestimenta del público, miembros del jurado, presentadores, superaba lo impecable. Las candidatas lucían maravillosas y deslumbrantes. Desfilaron en traje nocturno y traje de baño. Todas por individual. Cada beldad recibía sus aplausos pero, cuando caminó Patricia Jiménez las palmas fueron notablemente más sonoras y, cuando lo hizo María Josefina, el público se vino abajo. Los aplausos resonaron al triple. Era la niña de casa, la gran favorita de la gente. Hasta yo, desde mi casa que estaba viendo el certamen a través de un Hitachi a blanco y negro, aplaudí a rabiar.
Pero justo es resaltar los seguidores que arrastró Patricia. Muchos fueron a verla en esa noche mágica. Desde que se vino de Cuba para Santo Domingo había hecho muchos amigos y creado una legión de admiradores. Desde el anonimato era querida por muchos dominicanos desde el bachillerato y la universidad. También los vecinos suyos de por su casa la admiraban. No es de extrañar que, una buena tajada de esos admiradores la fueran a ver compitiendo en Casa de España la noche aquella en que salió coronada. Ella también tenía lo suyo.
La noche aquella cantaron Juan Luis Guerra y 440, Carlos Alfredo Fatule y Vickiana. El evento, aunque había empezado tarde, no dejó de ser magnífico.
Ánimos caldeados
En el entretiempo en el cual las beldades descansaban en el vestuario no solo llegaron a cantar los artistas ya citados anteriormente sino que, una periodista que estaba haciendo el papel de entrevistadora y, queriendo conocer las impresiones del público se les acercó a preguntarles sobre cuál era su candidata favorita. Resulta que, una de esas personas abordadas resultó ser una señora de más de 60 años quien respondió: “por mí puede ganar cualquiera, todas son maravillosas excepto una, la cubana Patricia Jiménez”. El público se enardeció. Lo seguidores de María Josefina lo aplaudieron y celebraron con expresiones de júbilo en cambio, los de Patricia se sintieron molestos por el comentario de la sexagenaria mujer. La situación se puso tensa. El fanatismo en cualquier momento podía pasar a mayores. La bronca, no estaba descartada.
La señora del comentario, la que dijo “excepto una, la cubana Patricia Jiménez” había revoloteado el avispero y encendido las pasiones. Por más amor patriótico y encono contra una candidata sus palabras bien pudieron terminar causando una tragedia. A Patricia Jiménez alguien le había soplado que tuviera cuidado y, que por nada del mundo dijera que era cubana, ya que había una persona armada dentro del público que podría hacerle daño.
Menos mal que las aguas se calmaron. El evento siguió su curso normal hasta llegado el momento decisivo de elegir a la nueva Miss RD. Y ese momento decisivo se produjo casi a las 12 de la noche. Los pronósticos de los expertos de la prensa y la farándula habían acertado. María Josefina Martínez y Patricia Jiménez González quedaron como las dos últimas finalistas del certamen. Llegaba la hora en que los miembros del jurado presidido por el periodista Aníbal De Castro (director del periódico Última Hora) e integrado por Fernando Rainieri (Secretario de Turismo), Mirtha Hernández (Administradora de Rahintel) así como Julio César Defilló, gerente de Ventas de ese canal; Miledys Del Cabral (productora de televisión); Arturo Rodríguez (crítico de arte), José Armando Bermúdez (de la Casa Bermúdez) y el doctor Ángel Contreras decidirían quién sería la reina de la República Dominicana de 1988. Eran los encargados de impartir justicia y dar el veredicto final. La decisión recaería en sus manos. Hubo silencio en el escenario. Mucho. También en la sala de mi casa donde, por supuesto estaba yo solo. Miraba calladito esperando el resultado. Deseaba que ganara María Josefina; mi madre, que estaba en Casa de España deseaba que lo fuera Patricia. El momento era tenso.
Tanto una como la otra candidata lucían sonrientes y emocionadas. Y, luego de unos segundos de suspenso, vino la decisión final. La presentadora del concurso (que no recuerdo su nombre) recibió el veredicto del jurado dentro de un sobre. Lo leyó y lo anunció. La primera finalista, la que iría a Miss Mundo a representar al país era nada más ni menos que María Josefina Martínez. Lo demás ya estaba claro. La nueva Señorita República Dominicana resultó ser Patricia Jiménez. Sus fans estallaron de alegría. Pero también se produjo un silencio de cementerio por parte de los demás, de la mayoría que apoyaba a María Josefina. Después hubo voces de protesta. Inconformidad. La nueva reina del país había logrado un gran sueño. Sin embargo, no pudo sentarse en el trono, y esto debido a que la situación se había tornado muy tensa. Hubo que sacarla escoltada hasta el camerino por parte de los miembros de la seguridad del concurso.
Relata la prensa de la época que, aquella noche Patricia llegó a recibir empujones y choques por parte de algunas de las candidatas perdedoras y de unos cuantos asistentes del público incómodos por la decisión del jurado, poco antes de ser acompañada al vestuario por los integrantes a cargo de la seguridad. También se supo que se le vio llorando a María Josefina visiblemente molesta e inconforme con la decisión de los jueces.
Estuvo a punto de ocurrir un zafarrancho. Menos mal que la sangre no llegó al río. No hubo patadas, bofetadas ni trompadas gracias a la intervención a tiempo de los miembros de la seguridad. El asunto no pasó de unos cuantos insultos entre el bando ganador y el bando perdedor. La temperatura se fue bajando gradualmente. Mejor así.
En el camerino, la nueva reina volvió a ser abordaba por la prensa y, obvio, la pregunta molestosa no podía faltar, esa a la que tantas veces tuvo que responder con una que otra mentira para salir al frente. Le preguntaron nuevamente sí de verdad ella era dominicana o cubana. Se defendió por enésima o quién sabe cuántas veces mal contadas diciendo que, en efecto, era dominicana, que jamás había estado en Cuba. Negaba a su patria de origen. Lo hacía, por miedo. No se podía esperar de otra.
Se comentó también en los medios de la época sobre la apatía que recibió la reina en el camerino por parte de las candidatas no electas. De las perdedoras para ser justos. María Josefina no hablaba. No creía lo que estaba viendo …lo que había sucedido. Después de tantos años siendo una ganadora, triunfando en uno que otro concurso juvenil, conquistando el Miss Teeneger no hacía tantos años, recibir ahora este balde de frustración. Su rostro era un baño de lágrimas. Tendría que conformarse con el segundo lugar y simplemente representar al país en Miss Mundo (Miss World como le llaman los ingleses). Había llegado bien lejos y sido una gran rival. No tenía de qué quejarse.
Esperé a mi madre, derrotado como estaba hasta casi la una de la mañana. Digo derrotado porque mi favorita había perdido. Pero lo acepté. Yo no era juez para decidir en asuntos de belleza de modo que, lo tomé con calma.
Cuando mamá llegó lucía contenta. Me habló de los incidentes ocurridos en el certamen. De todos los detalles. Me vio calladito y desanimado. Trató de hacerme entender que Patricia Jiménez era la que merecía ganar. “Era la más completa. Superior a las demás. La más preparada y bonita de todas”, me explicó. Ya no quería escuchar más y decidí irme acostar. Eso hice.
La verdad sale a flote
La reina saliente, Carmen Rita Pérez Pellerano, colocaba la corona sobre la cabeza de la nueva reina. De Miss a Miss. La de 1987 le entregaba el cetro a la electa en 1988. Poco después la seguridad de Casa de España tuvo que acompañar a la bella Patricia hacia el vestuario debido a los choques y empujones de que estaba siendo objeto y, al rumor, falso o verdadero de que una persona armada podría atentar contra su vida. Relatan los periodistas de la época que, esa misma noche, también debieron sacarla escoltada del club.
Al día siguiente, domingo 13 de marzo, decidió finalmente confesarle la verdad a la prensa. Reconoció ante el periodista Agustín Martín (del periódico Hoy), que había nacido en La Habana, que su padre, era el señor Hugo Jiménez, también cubano aunque, explicó que, su madre, Mirtha González era dominicana …y que había nacido en el pueblo de Villa González. De esta manera, se sinceraba la nueva reina de belleza pero se supo después que su madre Mirtha era también cubana y había nacido en La Habana. Ya no había espacio para la mentira.
Patricia le explicó al periodista que ella sentía temor, que había mentido por presión social de sus seres queridos. Y también porque, la noche del concurso, luego de ser electa reina del 1988, alguien se le acercó y le dijo que, revelar la verdad podría ser peligroso. A saber también de la persona armada que se encontraba entre los asistentes del público.
Patricia fue el producto de una relación amorosa efímera entre los cubanos Hugo Jiménez y Mirtha González, en la ciudad de New York. Era el primer lustro de los años 60. Al quedar embarazada Mirtha decide regresar a Cuba para dar a luz a su hija. Hugo le dio su apellido. Lo que nunca se reveló a la prensa es por qué Hugo decidió quedarse en New York y por qué Mirtha no prefirió parir a su hija en aquella ciudad. ¿Era Mirtha en esos años una revolucionaria filo castrista? Eso no quedó muy claro. Lo que sí es cierto es que la niña Patricia nació un 12 de noviembre de 1965 en La Habana y, que fue su madre, quien se hizo cargo de ella mientras vivieron en Cuba.
Otro dato que no quedó muy claro fue, si Patricia y su madre llegaron a Santo Domingo en 1980 o, como sostienen otras fuentes, lo hicieron en 1984. Según la versión de la nueva Miss ella y su madre tenían seis años viviendo en la República Dominicana. De ser así habrían llegado en 1982. Pero sea como fuese, ciertamente que ambas, madre e hija salieron de Cuba porque no aguantaban las carencias y dificultades del régimen cubano. En pocas palabras les dijeron chau al socialismo, y hola al capitalismo. Prefirieron la democracia en vez de la dictadura.
De todas formas Patricia no olvida los gratos recuerdos de su infancia en La Habana. La chica traviesa que fue en la escuela pero también aplicada. Los amigos que dejó atrás. El hecho de que, todavía, a la edad de 12 y 13 años ella jugaba con muñecas.
Hugo, sabiendo que su hija estaba viviendo en Santo Domingo, realizó el viaje desde New York para conocerla. Nunca antes la había visto. Hacía pocos años, su esposa, la dominicana Cristiana Lora, había fallecido de cáncer.
Hugo movió influencias a través de una cuñaba (hermana de la difunta Cristiana Lora) para que inscribiera a Patricia en un colegio privado ubicado en el sector de Los Prados. Se preocupó de que nada le faltara a esa hija a la cual no pudo ver nacer. Era el momento de hacer todo por ella. Complacerle en todos los gustos que estuviese a su alcance. No escatimaría.
Así de aplicada alumna como lo fue en La Habana otro tanto lo fue en Santo Domingo. Gran lectora, aficionada a las obras de teatro y a los espectáculos de ballet. Muy sociable y rápidamente hizo muchos amigos en sus últimos años del bachillerato. Tenía un imán, un encanto para darse a querer. La idea participar en un certamen de belleza le surgió para 1987, lo que vino a concretar en 1988. En una entrevista en el vespertino Última Hora había declarado que en Cuba no existían ese tipo de concursos de belleza porque, la dictadura de los Castro los había prohibido. Era algo que las chicas adolescentes cubanas tendrían toda la vida reprimido. En República Dominicana tuvo la oportunidad …y qué oportunidad. Ganó. Los caminos del destino como los de Dios pueden ser inescrutables pero, también perfectos y necesarios. La vida está llena de misterios y muchos, asombrosamente, tienen su razón de ser. La vida, así como nos da también nos quita. Nos da grandes lauros y también premios de consolación. Esta puede poner las cosas en su justo lugar cuando se le antoja.
De repente, Patricia era ganadora no solo del Miss República Dominicana sino también de un auto Suzuki del año, joyas y una vasta colección de ropas. María Josefina también recibió su vehículo, sus joyas y ropas por haber obtenido el segundo lugar. Cualquiera de las dos era merecedora del título pero, solo una podía ser la ganadora en el certamen de belleza. Lo mismo ocurre en cualquier otro tipo de competición: todos compiten pero, a penas uno puede ganar. El ganador se lo lleva todo, como dice aquella canción The winner takes it all del grupo Abba.
Ambas representarían al país. Patricia en Miss Universo, a efectuarse en Taiwán en el mes de mayo y, María Josefina, al Miss Mundo, en la ciudad de Londres en noviembre.
Revuelo en los medios de comunicación
Con la confesión de Patricia Jiménez al declarar que, efectivamente, era cubana, los medios de comunicación (radio, prensa escrita y televisión) no dejaron de hablar del tema por casi dos semanas. Hubo periodistas detractores pero también los hubo a favor de la nueva reina electa. Lo cierto es que, los estatutos del certamen Miss República Dominicana establecían que sólo bastaba con ser dominicana para poder concursar en este. Patricia lo era por nacionalidad adquirida en 1984. No había ningún acápite el cual exigiera por obligación ser dominicana de nacimiento, solo, ser dominicana. Digamos que, en ese vacío legal, como de vacíos legales pueden estar plagadas todas leyes del mundo, se coló Patricia Jiménez para concursar en 1988 y, de esa manera, casarse con la corona y, de paso, también con la gloria.
Al final, las aguas se calmaron. Todos terminaron aceptando a la nueva Señorita República Dominicana. La misma María Josefina que, estuvo decepcionada por no haber ganado, y que había confesado sentirse molesta tras la decisión del jurado, aceptó y reconoció a Patricia como la nueva reina durante una entrevista en un canal de televisión. Le deseó todos los éxitos e instó a los dominicanos a que la apoyasen en el concurso de Miss Universo en el mes de mayo. Ella declaró que representaría con orgullo al país y dando lo mejor de sí, en Miss Mundo, en noviembre.
Todo eso ocurría a mediados del mes de marzo del 1988 en la República Dominicana. El merengue vivía sus años dorados y aún la bachata estaba lejos de desplazarlo como ritmo musical. Joaquín Balaguer era el presidente de la República, los blazers estaban a la moda como atuendo de vestir y yo apenas tenía 12 años (a un mes de cumplir los 13). Cursaba el sexto curso de la primaria. Las bicicletas BMX aro 20 eran un lujo. El Nintendo y Sega desplazaban al Atari. No todos tenían una computadora. Allegro Gelateria y la Italianísima eran los helados del momento en que solo las clases media y alta podían darse el lujo de comprar. El turismo hotelero de Puerto Plata era el número en todo el país. No se hablaba por celular ni WhatsApp sino por teléfonos fijos de hogar. Los colegios bilingües eran muy pocos y todavía la caña de azúcar era uno de los mayores productos de exportación. Esa era nuestra República Dominicana.
El mes de mayo llegó y Patricia participó en el concurso de Miss Universo en Taiwán. Para sorpresa de todos avanzó entre las últimas 10 finalistas. Solo llegó hasta allí. Sin embargo no dejó de ser un gran logro para una joven que venía superándose desde su arribo a Santo Domingo en el primer lustro de los años 80. Había roto la barrera de la pobreza que vivió en Cuba y, ahora, la vida le sonreía de pleno.
Seguiría sus estudios de arquitectura y, un año después, 1989, como reina saliente le colocaría la corona a una nueva Miss: Ana María Canaán Camilo.
Fuentes: Periódicos Listín Diario, Hoy, El Nacional y La Tarde Alegre. Marzo del año 1988.
Agradecimientos: Al personal del área de la hemeroteca de la Biblioteca Nacional Pedro Henríquez Ureña.
ANEXOS
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| Jiménez visita el Patronato de Rehabilitación |
Patricia Jiménez colocando la banda y corona a la Miss RD de 1989










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