jueves, 10 de abril de 2014

La palabra inconducta simplemente no existe



A pesar de eso los dominicanos la siguen empleando.


Por Iván Ottenwalder

Desde hace pocos años, quizás un lustro, la población dominicana, entre ellos periodistas, profesores, abogados, sociólogos, psicólogos, entre otros, vienen utilizando consistentemente el vocablo inconducta para referirse, especialmente, a las malas conductas de los ciudadanos.

Pasarse el semáforo en rojo, arrojar basura en las calles, irse a las trompadas con el prójimo o amenazarlo con una pistola por algo que bien pudo resolverse vía el diálogo, robar, matar, violar, festinar los dineros del Estado, no hacer la fila, todos esas malas acciones en la República Dominicana son llamadas inconductas.

Investigando y dando una mirada al Diccionario de la Real Academia Española (RAE) se puede apreciar que inconducta no es una palabra válida. La respuesta ofrecida por el diccionario principal de la lengua española cuando escribí en su buscador este término fue:

La palabra inconducta no está registrada en el Diccionario, según el RAE.

Confieso que no tengo el mínimo propósito de ridiculizar a una colectividad que, como la dominicana, ha sido mal orientada sobre este asunto. ¿Quién la mal orienta? Los mismos actores dominantes de siempre, los poderes fácticos y protagónicos que gobiernan esta nación. Ellos son los que nos han dicho toda la vida que es lo correcto y lo incorrecto, que es verdad y que es mentira, que se aprueba y que no. Son los entes poderosos del país y dominan la cultura, sistema educativo privado, medios de comunicación y la economía. Lamento decirles a estos poderes que, los incorrectos y equivocados han sido ellos.

En la República Dominicana del 2014 mucha gente sigue pronunciando guandul, cuando lo correcto es decir gandul; estrallar, cuando el verbo real es estrellar. Estos malos usos gramaticales pueden ser corregidas desde la escuela, si los maestros les enseñan a sus estudiantes a utilizar los términos correctos.

Para finalizar dejo este vínculo como constancia de mi búsqueda. Si les parece presionen este: http://lema.rae.es/drae/?val=inconducta.

martes, 8 de abril de 2014

Hora dominicana: la impuntualidad de la que todos somos víctimas



Por Iván Ottenwalder

Quiero llegar temprano a todos los sitios. Me lo impongo, pero la situación llega a un punto en que, mayoría aplastante, fiel a la tardanza, me desanima.

Lo medito nuevamente. Pienso que no hay razones para imitar la impuntualidad, a pesar de ser una cultura imperante y dominante de los dominicanos.
 
El encuentro puede tener fecha y hora, pero un ciudadano promedio piensa que todos, como dominicanos al fin, llegarán tarde a la actividad. ‘Eso es la siete de la noche, pero nadie va a estar ahí a esa hora; mejor llego una hora más tarde, que es cuando eso va empezar’, pensaría un dominicano común.

No sorprende que mi compatriota tenga razón: todos los dominicanos partimos de la premisa que los demás harán presencia tardía. La impuntualidad se ha impuesto entre nosotros y ya es un común denominador. Aún así, me sigo preguntando, si todo esto es correcto, si la tardanza puede hablar bien de mí, si ese mal hábito no sería capaz de pasarme factura en cualquier momento que menos lo espere. ¿Soy un tonto y ridículo si llego muy temprano? ¿Acaso la impuntualidad es una verdad absoluta y mayoría tiene la razón aún siendo esto una irresponsabilidad? ¿Tengo que llegar tarde como los demás para caer bien y no temprano para caer mal? ¿Vine a este mundo llamado República Dominicana sin más opciones que hacer lo mal hecho? ¿Es mi misión en la vida doblegármele a un stablishment social acostumbrado al desorden? Si es así entonces no sé cual es mi propósito en la vida.

Continúo rebelde, tratando de llegar lo más temprano posible, arribando de primero o entre los muy escasos primeros. En mi trabajo, la mayoría de veces, suelo llegar antes de la hora de apertura, en varias ocasiones más temprano de la cuenta. ¿Gano algo con esto? Daría la impresión de que no, de que en República Dominicana esto ni me suma ni resta. Cualquier ser humano llegaría a pensar que esta nación, declarada como Estado Fallido en la década pasada, seguirá igual por los siglos de los siglos, ‘porque este es el mejor país del mundo y aquí está Dios’, reza una frase popular de pueblo.

Admito que he resbalado muchas veces. ‘Tío, es que Santo Domingo daña a la gente’, recuerdo haberle comentado a mi tío Juan Omar en un estadio de béisbol, en Florida, en el verano de 1997, cuando éste me llamó la atención por no haber hecho la fila al pagar unos perritos calientes. Su repuesta, agradable y tierna, ‘yo lo sé, pero estamos en Estados Unidos y acá eso no se perdona. Debemos hacer un esfuerzo’.

Entiendo también que no todos en República Dominicana tenemos vehículos, que los taponamientos son insoportables, que la mayoría de hombres y mujeres, casados unos  y divorciados otros, tienen muchas responsabilidades en sus hogares y, por eso, se les dificulta ser puntuales. Cierto. ¿Pero acaso en otras sociedades no hay dificultades parecidas a las nuestras y la ciudadanía hace un esfuerzo por estar a tiempo?

Estoy seguro que en cada niño y niña dominicano (a) abunda alguna pizca de deseo en hacer los correcto. ¿Quién los daña? ¿Quién les parte la boca o manda a callar cuando quieren opinar para aportar alguna solución? ¿Los papás? ¿De quién aprenden las malas conductas? ¿Está afectando a nuestro niños (aunque yo no tengo ni uno) la ola de divorcios en estos tiempos? ¿Y qué decir de la corrupción dominicana en todos los aspectos? No es anormal que, con tantas desventajas, cortesía de nuestro entorno, los niños dominicanos alcancen la adolescencia y adultez con todos esos defectos característicos del país actual.

No tengo certeza si habrá alguna solución a corto o mediano plazo. Por el momento vivimos en una sociedad en la que, si no nos acostumbramos y somos partes del desorden, o nos vamos del país o viviremos frustrados por toda la eternidad, ‘porque este es el mejor país del mundo y aquí está Dios’, reza una frase popular de pueblo.

sábado, 5 de abril de 2014

República Dominicana y su imprudencia vehicular



Se pone de moda en el país conducir con las luces apagadas en horas de la noche.


Por Iván Ottenwalder

Lo que no se veía en la República Dominicana de la década de los 90, 80, 70 y anteriores, se puede apreciar ahora. Un mal que comenzó a reflejarse a principios del siglo XXI, y que no se le prestó la debida atención necesaria, con el pasar de los años se convirtió en un problema mayúsculo.

Quisiera conocer el porqué del problema, la razón por la cual esta mala conducta, cometida por una minoría, pero muy numerosa, va ganando terreno en nuestro país y pareciera como si se tratase de una moda que no incomoda ni provoca quejas sociales.

Todas las noches, a partir de la 7:30 en adelante, salgo a caminar por los alrededores de la Urbanización Real, sector donde resido, no siendo pocas las ocasiones que me percato de una gran cantidad de vehículos (autos y motores, sobre todo) transitando con las luces apagadas por las avenidas Rómulo Betancourt y Enriquillo. Cuando, saliendo de mi zona, decido subir un ratito a la 27 de Febrero, también noto el mismo caos.

Ahora me haré unas cuantas preguntas: ¿Acaso están muy caras las luces de autos y motores que sus conductores no tienen dinero para comprarlas cuando se les queman? ¿Es que son tan desmemoriados que se les olvida que de noche hay que encender las luces de sus vehículos? ¿Es, como dijo un patán al que abordé sobre el asunto, que los conductores lo hacen para ahorrar energía? Y, por último, la pregunta que no pretendía hacerme, pero no me queda de otra: ¿Es la policía dominicana tan incapaz de multar a esas personas expuestas a accidentes automovilísticos e incluso morir? No sé hasta cuando policía y justicia dominicana dejarán de ser tan infuncionales.

Existe la ley para sancionar ese tipo de caso, pero las autoridades de tránsito se hacen de la vista gorda, dejándolo pasar por alto. Eso sí, el día que un ciudadano, por H o X les caiga, ¡zas! ahí le caerá el peso de la “justicia severa” al civil infractor.

La población dominicana padece de una catarsis irritante y espantosa. La gente ha preferido “dejar eso así”, sonreírle a vida, dándose unos buenos tragos en el colmadón o el drink, varias veces a la semana; cuando no, irse de rumba a un elegante bar o botar unos pesitos en un casino. Todo eso, “porque no nos escuchan”, “nadie nos hace caso”, “a los gobiernos de este país le conviene que esto siga siendo una mierda y que la gente no piense”, “no vale la pena gastar saliva”, etc.

La gente que se expresa así, al menos tiene a su favor las redes sociales, los blogs y páginas webs para protestar. Desafortunadamente, las grandes mayorías no se están empoderando; afortunadamente, una minoría quiere dejarse sentir, manifestando sus puntos de vistas.

Si aprendemos a mejorar nuestras fallas, en la medida que sea posible y, al mismo tiempo, contribuir con propuestas para solucionar todas nuestras problemáticas sociales, ya tendríamos de hecho, parte de la batalla ganada.

Me llenó de orgullo cuando, a partir del 2010, la sociedad en general, junto a una prensa que la apoyó, consiguió poner de rodillas a la clase política dominicana y así, en 2013, el gobierno reciente, hiciera efectiva la inversión del 4% del Producto Interno Bruto (PIB) a la educación, cada año.

Entonces, ¿por qué no hacer lo mismo ahora? No estaría mal dejarnos sentir y exigir a  la policía que haga su trabajo y aplique las sanciones correctivas contra aquellos ciudadanos que conducen autos y motos con las luces delanteras o traseras apagadas.

Si protestamos algo quedará. Aunque sea la satisfacción de haber hecho el intento.

viernes, 4 de abril de 2014

Propongo el premio de periodismo Antonio María Pineda


Por Iván Ottenwalder

En el día de hoy, sábado 5 de abril del año 2014, se conmemora en toda la República Dominicana el Día Nacional del Periodista, un gran reconocimiento para todos los que somos profesionales de la comunicación social.

Fue un 5 de abril del 1821, en la ciudad de Santo Domingo, durante el gobierno de José Núñez de Cáceres, cuando el doctor Antonio María Pineda se convirtió en el primer director de un periódico dominicano, al fundar el Telégrafo Constitucional de Santo Domingo. Esa es la razón por la que cada 5 de abril los periodistas dominicanos celebramos en grande nuestro día.

Pineda fue el punto de partida del periodismo nacional. Después del Telégrafo Constitucional de Santo Domingo han llovido numerosas publicaciones periodísticas en el país durante los siglos XIX, XX y el actual XXI. Pero no tan solo han sido relevantes las publicaciones en sí, sino el papel jugado en cada época por valiosos profesionales de la pluma en defensa de los más sanos intereses de la República, a favor de la pluralidad y democracia informativa, quienes, en determinadas ocasiones, cuando no encarcelados o asesinados, pusieron sus vidas en peligro.

Otro punto luminoso del autor de este primer semanario, en el cual se abordaban ilusiones de progreso e ideales de derecho, en una era en la que los habitantes de la parte Este de la isla éramos colonia de España, fue la de apoyar la causa  independentista llevada a cabo por Núñez de Cáceres, quien, el 1 de diciembre de 1821 declaró la independencia del Estado de Haití Español.

A Pineda le tocó jugar el rol de Comisionado Especial en la Gran Colombia, en diciembre de ese 1821, con la encomienda de gestionar, a través de Simón Bolívar, la adhesión del naciente Haití Español como estado miembro a la Confederación de la Gran Colombia, proyecto continental del libertador venezolano.

La misión de Pineda fracasó, pero no por su culpa, sino porque Simón Bolívar no lo quiso recibir. Varios historiadores dominicanos argumentan que, dada la negativa, este corresponsal ni siquiera hizo el viaje a Venezuela.

José Luis Sáez, escritor, en una biografía sobre Antonio María Pineda, publicada en 1997, relata que Bolívar supo bien lo que ocurría en ambos lados de la isla y, por esa razón, optó por no entrevistarse con Pineda. El resultado de todo esto: el advenimiento de la ocupación haitiana, el 9 de febrero de 1822, a la cabeza del gobernante Jean Pierre Boyer. Dicha ocupación duraría 22 años, hasta la madrugada del 27 de febrero de 1844, con el grito de independencia de la República Dominicana.

El 22 de agosto de 1973 el Ayuntamiento de Santo Domingo designó a una calle del sector Los Minas con el nombre Dr. Antonio María Pineda.

En mi sana convicción considero que esta designación no es suficiente para un profesional de tanta prestancia como la que dedicó Antonio María Pineda. Él merece algo mejor. Sugiero, en honor a su memoria histórica, la creación del Premio Periodístico Antonio María Pineda, premiación cuya función será, la de galardonar los trabajos de investigación periodística más valiosos de cada año.

Aunque no haya sido el mejor periodista nuestro y, posiblemente, tampoco lo encontremos en una lista de los más brillantes, Pineda tuvo la grandeza de ser el génesis del periodismo dominicano, el primero que se atrevió a tomar la decisión de fundar un periódico en el territorio que hoy llamamos República Dominicana.

Ya basta de tantas injusticias históricas.